—Señora—le dijo entonces el vizconde adelantándose respetuosamente.—Por duro que sea el martirio á que ha sometido á usted una fatal ligereza mía, puedo asegurar que es infinitamente mayor la tortura que á mí me cuesta... y la que habrá de costarme en la situación á que voluntariamente me condeno.
Iba á replicar Isabel, pero Carlos se adelantó.
—No más—dijo con voz cariñosa, pero solemne;—mi presencia aquí y la de algunas otras personas, como estos dos señores, á quienes ya conoce Ramón, debe probaros que este asunto está ya juzgado y castigado en forma. Asunto en extremo delicado, puesto que se relaciona contigo, no debe tocarse más en sus detalles, ni aun para tributársete el respeto á que eres acreedora. En ellos se ocupará el señor vizconde con el afán que ha mostrado aquí al dar el primer paso en el camino de las reparaciones, que son hoy el mayor peso que tiene sobre su conciencia; y no dudes que así lo hará, pues sabe, por dolorosa experiencia, cuánto le va en ello.
Y esto dicho, Carlos dió el brazo á Isabel, y salieron los dos á la calle, seguidos de Ramón.
XIV
Un cuarto de hora más tarde, se hallaban los tres reunidos en casa. Isabel lloraba, Carlos recorría la estancia y Ramón meditaba.
—¡Carlos! ¡Carlos!—exclamó al fin aquélla, arrojándose en los brazos de su marido.—¡Hay huellas que no se borran jamás!
—Sí, Isabel; y ése es el puñal que no puedo arrancar de mi corazón.
—¡Mal podrás, en ese caso, perdonarme nunca!
—Á ti, sí; á mí es á quien no perdonaré jamás, pues soy la causa de todo.