Los dos amigos se miraron asombrados. Carlos empezaba á compadecer á aquel desdichado, que prosiguió así:

—Ayer presenciásteis todo lo ocurrido en el asunto que aquí nos reúne; os prestásteis después á representarme en el que tenía pendiente con el hermano del señor: no me neguéis vuestra asistencia en el momento más solemne de los varios que va teniendo para mí este desdichado quid pro quo. Si asentís á mi deseo, seguidme á donde voy á conduciros, si el señor está dispuesto también á acompañarme, en la seguridad de que es mayor el sacrificio que voy á hacer por su honra, que dañada fué la intención con que se la comprometí.

Los dos amigos no se opusieron á este deseo. Carlos también asintió á él. ¿Qué más había de exigir á aquel miserable?

Mandó el vizconde preparar un carruaje; y en él colocados nuestros cuatro personajes, fueron conducidos, por orden de aquél, hasta la puerta de la consabida joyería, que se hallaba ocupada por la tertulia de costumbre á tales horas.

Grande fué la sorpresa de los ociosos cuando aparecieron ante ellos los cuatro personajes del coche. La palidez de Carlos, ciertas huellas que se dejaban ver demasiado en la cara del vizconde y el aspecto sombrío y mustio de los otros dos acompañantes, tras de las noticias que habían circulado ya, y acababan de aumentarse allí sobre la cachetina de la noche anterior, hicieron al punto creer á aquellos murmuradores que iban á ser testigos de alguna escena desagradable.

Y así fué, en efecto. El vizconde, apenas entró el último de los que le acompañaban, cerró la vidriera de la calle, y, reclamando la atención de los circunstantes, les recordó su manera de proceder allí mismo el día anterior; juró que sólo un impulso de necia vanidad y de injustificable despecho le había obligado á escribir unas palabras y á pronunciar otras que habían lastimado el honor de una señora, que no nombró por respeto á la misma, y porque todos los allí presentes sabían de quién se trataba. En seguida refirió la verdadera causa de todo, exigiendo como un deber de los que le escuchaban, que repitiesen aquella retractación para restablecer la verdad, donde quiera que la viesen alterada con daño de la honra de la persona calumniada por él.

Carlos, al oir hablar al vizconde, podía contener mal sus iras, porque no tenía noticia de que también allí hubiera andado su honra por los suelos; pero en buena justicia no debía exigir más á aquel hombre después de lo que con él había hecho en su casa. Molestábale mucho también el estar presenciando semejante escena, por si había delante una sola persona que pusiese en duda la sinceridad de aquellas explicaciones, caso en el cual era su papel bien poco simpático; mas ¿cómo salvar tantos inconvenientes sin desatender el asunto principal? Hervíale la sangre con éstas y otras consideraciones, é iba á poner término breve á la escena, cuando paró á la puerta un carruaje, del cual descendieron Isabel, pálida y ojerosa, y Ramón con gesto avinagrado. Detúvose un instante la primera, atemorizada con la presencia de tanta gente, y tal vez hubiera retrocedido sin realizar su plan, á no haberse fijado en su marido y en el vizconde. Diéronle ánimos la idea del amparo del primero y la indignación que de nuevo la hizo sentir la vista del segundo, y entró con aire resuelto.

—¡Tú aquí, Isabel!—la dijo Carlos admirado, saliendo á su encuentro.

—Sí—respondió Isabel de modo que se la oyera.—Venía á pagar un aderezo que ayer me enviaron de aquí por conducto de nuestro buen amigo el vizconde, que quiso cedérmele, pues era ya suyo, y sólo con su orden podía adquirirle yo... Circunstancia que, por cierto, ha sabido explotar bien en beneficio de su vanidad ese... miserable.

Los ojos de Isabel se arrasaron en lágrimas al pronunciar esta palabra con voz trémula, dirigiéndose al autor de su desdicha.