—¡Oh!—rugía el insensato al verse en tan humillante situación.—¡Mi revólver!... ¡Mis espadas!

Echáronse en esto sobre Carlos los dos, hasta entonces, mudos testigos de aquella escena. Levantóse el caído, y quiso, en un momento de exaltación nerviosa, arrojarse sobre su agresor; pero al hallarse otra vez con aquel rostro de mármol y con aquella mirada de acero, faltáronle los bríos, y corrido y acobardado cayó en brazos de uno de sus amigos, llorando como un niño.

—Bien le está llorar como una mujer á quien ofende como las víboras,—dijo Carlos mirándole con desprecio.

—Hasta aquí—observó entonces el que le sostenía,—hemos respetado la actitud en que respectivamente se iban colocando ustedes; mas desde ahora estamos resueltos á impedir todo género de violencias, indignas de dos personas que se precian de bien nacidas.

—Lo verdaderamente indigno—respondió Carlos con altivez,—es atacar traidoramente el honor ajeno, y buscar después la impunidad en la propia cobardía.

—Es que yo no dudo que el señor vizconde sabrá aceptar como un caballero la responsabilidad de esos cargos,—replicó su amigo mirándole con mucha intención.

—Y sólo en ese supuesto puede contar con nosotros,—añadió el segundo testigo con no mejor intención que el primero.

El vizconde en tanto mordía el pañuelo con que secaba á hurtadillas las lágrimas que se le escapaban y la sangre que brotaba de algunas rozaduras de su cara; luchaba con la furia de su afrenta y el temor que le infundía la resuelta actitud de Carlos. Un duelo con aquel hombre tenía que ser á muerte, y él no encontraba en su corazón fuerzas para tanto. Tampoco podía confiar en la esperanza de una tramitación larga y diplomática que preparara un desenlace menos sangriento, porque su contrario no daba treguas. Era, pues, preciso decidirse en seguida. La lucha fué atroz, aunque duró pocos minutos. Sus dos amigos y Carlos pudieron observar cómo aquella exaltación febril fué cediendo, hasta que el desdichado cayó en un abatimiento que alarmó á los testigos.

—¿Necesitas algo que podamos hacer por ti?—le pregunto uno de ellos.

—No—respondió á poco el vizconde, mirando á todos con rostro sereno.—Lo que necesito es dar la mayor prueba de valor que puede exigirse á un hombre que blasona de caballero... Necesito decir que no tengo corazón bastante para vengar la afrenta que acabo de recibir, en la forma en que el señor lo pretende, y, por consiguiente, que estoy dispuesto á darle la única respuesta que me cumple y que puede reparar, en parte siquiera, el daño que ayer he podido causarle cegado del demonio de mi vanidad.