Y dicho esto, el vizconde trató de salir del aposento afectando aires de altivez, que sólo contribuyeron á encender más la cólera de Carlos; pero éste le cerró el paso, mientras le decía enfurecido:
—Y yo, en cambio de esas advertencias, sólo tengo que repetir que, en cuestiones de honra propia, no delego mis poderes en nadie; que yo soy la ley, el juez y el ejecutor, y que no abrigue usted la más remota esperanza de que este compromiso pueda terminarse como tantos otros lances mal llamados de honor.
—Y yo insisto en que no tengo con usted ninguno pendiente.
—Es decir, que usted rehusa...
—Repito que no tengo satisfacción alguna que dar.
—Si no son satisfacciones lo que yo busco. Ya le he dicho que quiero arrancarle la vida...
—Pues yo no quiero, no debo proporcionarle á usted ese gusto sin un motivo justificado.
—¿Luego no es bastante el que usted conoce y aquí me trae?
—¡No!
—¿Ni éste tampoco?—dijo Carlos sacudiendo tan estupenda bofetada al vizconde, que le hizo caer hecho un ovillo entre un sillón y la puerta.