Pasaron algunos instantes de silencio, y volvió á preguntar Enriqueta:

—Y ¿siempre vivirás tú con nosotros?

Á lo cual contestó César, casi haciendo pucheros:

—Y ¿adónde quieres que vaya yo, pobre huérfano, sin otro amparo que tu padre, ni más porvenir que su casa?

—Qué sé yo...—dijo la joven algo aturdida al observar la emoción de su primo.

—¿Y tú?—preguntó á su vez éste.

—¡Oh, yo siempre aquí!—exclamó Enriqueta sin titubear.

—¿Lo crees así?—repuso César como asaltado de algún recelo.

—Y ¿por qué no he de creerlo?—dijo aquélla con mucha gravedad.—¿No me quiere papá con entusiasmo? ¿No dice mamá que no tiene otro pensamiento que mi porvenir?

—Pues por eso mismo que dice tu mamá...