—¡Cómo!
—¿Sabes tú, Enriqueta, á qué llaman las madres «porvenir» de sus hijas?
—No lo sé, por lo visto.
—Y ¿quieres que yo te lo diga?
—Es natural.
—Pues se llama porvenir de una hija á...
Y aquí le faltó la voz al pobre chico, que jamás se había visto en trance tan apurado. Su corazón hasta entonces no había hecho más que sentir, y en aquel momento comenzaba á hablar, y lo que su corazón le decía le daba miedo, á la vez que le embriagaba.
—Vamos, hombre—exclamó Enriqueta impaciente; ¿qué porvenir es ése?
—Ese porvenir es... es—respondió al cabo el atortolado mozo, cerrando los ojos de miedo y de vergüenza,—un matrimonio... ventajoso.
Calló César, bajó Enriqueta los ojos, paráronse las agujas entre sus manos, y quedó sumida en profunda meditación. Quizá también por primera vez le asaltaba á ella el temor de un riesgo en que jamás había pensado.