—Así le llaman por mote.
—¿Qué tiene?
—Á modo de un lubieso junto á la nuez, en salva la parte, que no le deja resollar.
—¿Qué le habéis puesto?
—Ajo rustrío le puso mi madre, con unto de lumiaco y ujanas fritas.
—¡Qué barbaridad!
—¡Zurriascas! —dijo aquí el maestro—. ¡Vaya usted á ver á ese pobre hombre, y sabrá lo que pasa... y cumplirá con su deber!
Don Lesmes, que ya se había levantado para seguir á la muchacha, se volvió un instante para decir al pedagogo por despedida:
—Los deberes de un profesor como yo, están muy altos para que los conozca un remendón de gramáticas y un desbastador de colodras como usted.
—¡Miserímini mundanorum! —exclamó con expresión de burla el boticario, envolviendo hasta dos docenas de píldoras en un cucurucho de papel, mientras el maestro se revolvía en su taburete, echando llamas por los ojos, y ternos secos por la boca, contra el mísero cirujano.