Águeda, por su parte, también meditaba y discurría, de día y de noche, despierta y soñando; y la quinta esencia de sus meditaciones y discursos, podía reducirse á estos sencillos términos:
—«¡Por qué diversos modos y caminos vienen aparejadas las grandes desventuras de la vida!... La sed ardiente, el agua junto á los labios, y luégo el conocimiento de que en sus transparentes cristales hay ponzoña que mata. ¡La muerte bebiendo; la muerte resistiendo la sed! En la edad de los sueños floridos; cuando nacen las esperanzas, y los horizontes del deseo no tienen límites, y la imaginación es cuadro maravilloso en que se pinta el mundo poblado de armonías y fragancia, para mí sólo hubo penas y tristezas. Dios quiso que en medio de ellas brotara en mi pecho el amor, que es fuente de consuelo y de fortaleza. Dios quiso también que aquello mismo que yo había recibido como prenda segura de mi felicidad, se trocara súbitamente en instrumento de martirio... ¡Y qué martirio!... Las deslealtades se olvidan, las tibiezas se perdonan, porque el amor lo suple y lo engrandece todo; pero la causa de esta tribulación, ni admite indulgencia por su índole, ni por su arraigo deja esperar que algún día se desvanezca. Le pierdo y se pierde. ¡Con estos dos filos me hiere el puñal de mi pena, dándome con un solo golpe dos muertes!»
Hacíansele á Fernando siglos las horas que pasaban sin realizarse la acordada entrevista, porque todo lo esperaba de ella; al revés que Águeda: alas veía ésta en el tiempo, porque todo lo temía de la misma ocasión. Llegó al cabo, mucho antes de lo que la infeliz quisiera, y mucho después de lo que convenía á las impaciencias del otro.
Lanzó Fernando á la conversación el punto dificultoso. Pero ¡con qué remilgos, miramientos, tanteos y perífrasis! Como el hambriento que adquiere inesperado manjar, y, con el temor de que se le concluya pronto, más bien le aspira que le muerde, economizaba el enamorado joven la materia de la porfía para conseguir dos fines á la vez: prolongar todo lo posible la entrevista, y no agravar las dificultades con locas intemperancias. Así es que á la historia detalladísima del mutuo amor, que salió de nuevo á relucir, siguió un discurso melancólico sobre las contrariedades en general; á éste, un razonamiento dividiéndolas en especies y clasificándolas por transcendencias; al razonamiento, una disertación sobre cada una de las clases establecidas; á la disertación, una memoria bastante minuciosa acerca de la diversidad de cultos y creencias del género humano... hasta que no hubo más remedio que pisar el dedo malo de la cuestión. Pero allí esperaba Águeda abroquelada con su fe inconmovible. Ni asaltos, ni ardides, ni sorpresas lograron hacerla retroceder un paso. La punta de su espada aparecía junto á los labios de su enemigo cada vez que éste se disponía á herir con sutilezas y comentarios lo que para ella era sagrado é indiscutible, como la palabra de Dios. En lo demás, dejaba á Fernando despacharse á su gusto, y rara vez le contradecía. Al cabo, perdió éste la serenidad, porque iban faltándole las esperanzas de la victoria.
—Y después de todo —exclamó enardecido, al intentar el asedio por otro flanco, único recurso que le quedaba—, y aun concediéndote que la religión que profesas sea la mejor de todas las conocidas, la verdadera y única, como tú dices, ¿qué tiene que ver el amor con eso?
—¿Á qué llamas «eso»?
—Á tu religión, con su carácter divino y sus dogmas indiscutibles.
—¡Qué tiene que ver el amor con esa religión! Y ¿qué es un hombre sin ella? ¿Qué es un hogar sin esa luz y sin ese calor? ¡Cielo santo! Yo me imagino una familia que jamás invoca el nombre de Dios. ¡Qué cárcel!... ¡qué lobreguez! Aquellos dolores sin consuelo; aquellas contrariedades sin la resignación cristiana; aquellos hijos creciendo sin mirar jamás hacia arriba; aquellos niños sin el culto á la Virgen; aquellos labios de rosa mudos para la oración al Ángel de la Guarda... ¿en qué se emplean? porque ¿qué puede enseñar una madre á sus hijos en esa edad, si no les enseña á rezar?
—Todo eso es muy bello, Águeda; pero, como cosa de niños, al fin no pasa de una bella puerilidad.
—¡Puerilidad! Y mañana esos niños crecen; y como en su corazón no había semilla alguna, nada fructifica en ellos; y vienen las pasiones y las luchas; y la razón sola no alcanza á sobreponerse á los conflictos. Después llega el desaliento, y el temor á los respetos humanos, que cada uno entiende á su manera, y, por último, la desesperación. ¿Te parece el cuadro más serio así?... Pues con amores sin religión se forman las familias de esa especie.