—No extrememos el asunto, Águeda. Al decirte que le juzgo sin conexión alguna con la religión, no pretendo que arrojes la tuya de casa al entrar yo en ella, sino que des culto á tus creencias sin reparar en las mías. Déjame como soy, y sé tú como eres: yo no me meteré en tu conciencia; respeta en cambio la mía.
—Aunque eso fuera posible, que no lo es, pues creo que con una obcecación como la tuya no hay salvación para el alma fuera de la fe que profeso, y con esta creencia no cabe acuerdo, en negocio tan grave, con hombre de tus ideas, ¿qué sería mañana... de tus hijos?
—Como yo no me opondría á que su madre los educara á su modo...
—¿Y el ejemplo de su padre? Entre mis enseñanzas y tus impiedades, ¿qué pensarían cuando la razón se sazonara en ellos?
—Elegirían lo que mejor les pareciese.
—Y yo tendría que decirles, para que no se fueran contigo: «Vuestro padre es aquí piedra de escándalo: huid de su ejemplo.» ¡Hermoso cuadro de familia!
—¿Por qué habías de decirles eso?
—Porque así cumpliría con un deber de conciencia y con un mandato de mi corazón; porque creo que con mis enseñanzas estarían dentro de la ley de Dios, y que con las tuyas se perderían irremisiblemente. Ya ves cómo es imposible toda avenencia entre nosotros en ese punto.
—No hay imposibles, Águeda, cuando hay amor: el amor es la ley suprema en el mundo; todo lo allana y lo purifica. Eso que tú llamas imposible, es el fanatismo que te ciega.
—Hacíaseme que tardaba en llegar esa palabra; y ya que vino, veamos quién de los dos la merece más. ¿Robarías tú por transigir con quien no viera en el robo cosa censurable?