—No es el caso enteramente igual.
—No lo es, en efecto: en tu ley, todo es convencional y mudable, porque es humano; y no hay razón para que el robo no llegue, con el tiempo, á ser, para alguna secta, ó para todas ellas, una virtud. En mi fe todo es permanente y eterno. Ésta es la gran diferencia que hay entre ambos casos. Sin embargo, no hay que pensar en que tú puedas transigir robando; y pretendes que yo, faltando en ello á un precepto divino, viva en perfecta tranquilidad con un hombre rebelde á la ley de Dios. ¿Quién de nosotros es el verdadero fanático?
—Tú, Águeda, aunque creas lo contrario, fascinada por el brillo de un sofisma corriente; causa inverosímil de que aún subsista en todo su vigor el conflicto en que tú y yo nos vemos ahora, conflicto que es el oprobio de la sociedad que le respeta.
—También es del oficio esa palabra, Fernando, y tampoco resuelve la dificultad. Ese conflicto no es más ni menos inevitable que otros muchos que existen, han existido y existirán mientras exista el género humano. Lo absurdo, lo insensato está en el empeño de pedirle cuenta de él á la sociedad, que, en todo caso, dispondría de su propia conciencia, pero no de la mía.
—No hay otro que se le parezca.
—Todos son menos respetables que él. Un hombre, ayer rico y poderoso, en los azares de la guerra padece hambre, frío y desnudez, y hasta la muerte, por ser fiel á su bandera. Éste es un conflicto, y no raro. ¿Es, en tu concepto, imputable como una afrenta á la sociedad que no le evita y le consiente y hasta le aplaude, so pretexto de que es una virtud sacrificarse al honor y al patriotismo?
—No hay paridad, Águeda, entre ese caso y el nuestro.
—Puedo citarte mil. Si en tus propósitos entrara el de asociarte á otra persona para llevar á cabo una empresa de gran importancia para tí, y, cuando más te halagaran las esperanzas del lucro, averiguaras que aquella persona no era honrada, ¿qué harías en tal conflicto? ¿Retroceder inmediatamente, renunciando sin vacilar al lucro prometido antes de exponerte á manchar tu honra en semejante compañía, ó volverte airado á la sociedad que te lo aconsejara, para reprenderla porque no enseña á los hombres á transigir en tales pequeñeces? No necesitas decirme cuál de los dos partidos adoptarías; pero yo te pregunto ahora: en la necesidad de que haya conflictos, porque es imposible que los negocios del mundo vengan ordenados á los humanos deseos, ¿por qué han de ser dignos de respeto los que proceden de los azares comunes de la vida, y no los que son hijos de un mandato de Dios?
—Fatigas en vano tu hermosa inteligencia, Águeda... Tus razonamientos son lógicos y concluyentes; pero son castillos en el aire, puesto que proceden de un principio falso á mis ojos. ¿Dónde está escrito y comprobado ese mandato de Dios? ¿Cómo se creen esas cosas que tú tienes por verdades indiscutibles?
—Con la razón natural.