—Con ella me he hecho incrédulo buscando la verdad.

—¿Dónde la has buscado?

—En el único sitio en que puede hallarse: en el examen.

—La has buscado entre los hombres que no creen, y en los libros que empiezan por negarla, no en los que enseñan á creer; has mirado al cielo para estudiar la ley por que se rigen sus maravillas, no para conocer al Legislador.

—No te he dicho jamás que yo le desconozca.

—Ni quiero que me lo digas: harto sé con saber que no crees en un Dios justiciero y misericordioso, que tomó carne humana para morir por los hombres en un madero afrentoso.

—Distingos sutiles que á nada conducen.

—Esos distingos lo son todo, sin embargo: empezando por desdeñarlos, se acaba por negar á Dios... Y dejemos aquí este punto que yo, pobre mujer, no debo ni puedo dilucidar... ni á tí te conviene tampoco que se dilucide.

—¿Por qué?

—Porque á cada paso que damos en él, descubro mayores profundidades en la sima de tus errores, y no quiero, al perderte para siempre, perder contigo la esperanza de tu salvación.