—¡Luego te resignas á perderme?... —preguntó aquí Fernando, con la angustia pintada en sus ojos.

—¿Y qué otro recurso me queda? —respondió Águeda en el mayor desconsuelo—. Si al verte tan apartado de la verdad, hasta dudo de la honradez de tus propósitos.

—¡Águeda!

—Yo creyente y tú descreído, empezarías engañándome al unir tu mano á la mía.

—¡Engañarte yo!...

—Sí, Fernando; y si no, dime, ¿crees en la necesidad del Sacramento para formalizar el matrimonio?

—No.

—Luego ¿qué papel sería el tuyo delante del sacerdote que uniera nuestras manos? ¿Qué pensar del sí que pronunciaras, invocando á la fuerza un Dios á quien desconoces? Y el que en tan solemnes momentos es desleal á su conciencia, ¿por qué no ha de serlo á sus deberes en el curso de la vida?

—¡Si me amaras como te amo, Águeda, no clavaras en mi alma el puñal de esa sospecha!

—¡Y qué amor es el tuyo, al fin y al cabo, si le falta la abnegación, que es la virtud que le engrandece!