—Tú, que crees poseer esa virtud, dime qué debo pensar de quien con ella quita á una pasión generosa el más bello de sus ideales. Á menudo, Águeda, se confunde la obcecación con el deber.

—En tí se está viendo ahora palpablemente. Hallas un obstáculo en tu camino; parécete mucho trabajo destruirle, y te empeñas en saltar sobre él á todo trance, para que tus propósitos no se malogren ni se detengan un momento. Nada te supone que ese proceder sea incompatible con mis deseos. Con tal de que los tuyos se cumplan, ¿qué importa el sacrificio de mi conciencia?

—En situaciones como la nuestra en este instante, las reflexiones de una dialéctica fría como la tuya, sólo sirven para acrecentar el martirio. ¡No te complazcas, Águeda, en escarbar la herida que me mata, y dime, si puedes, qué amor es el tuyo que así razona y escrupuliza, cuando el mío es incendio que me devora!

—No lo sé... Pero sé que daría mi vida por que creyeras.

—Entonces ¿qué fuerza misteriosa es esa que te da alientos para sacrificarte por aquello mismo que, hallado por mí, haría inútil el sacrificio?

—¡Cómo has de verla, ciego!... Tu alma está á obscuras... ¡Cree!

—¡No puedo, Águeda: mi razón se resiste á ello!

—La razón va por donde se la conduce.

—Y si el destino quiere que yo no llegue á creer, aunque lo intente, ¿por qué me ha de costar, eso que tú llamas desventura, la más irremediable de perderte?

—Porque así debe ser.