—¿Y mi corazón, Águeda?... ¿Y este amor que me enloquece?

—¡Tu corazón!... ¡Si pudieras ver el mío!...

—¡Esta pasión es mi vida; ahogarla es matarme!...

—He ahí la mejor prueba de lo que vale esa razón que es tu orgullo. Atrévese altanera con el mismo Dios, y la abate, y la humilla, y la vence una simple contrariedad.

—¡Á este conflicto llamas simple contrariedad!

—Sí, Fernando; porque no la hay tan grande en la vida humana, que no pueda ser vencida por la reflexión, cuando ésta se inspira en la fe que te falta.

—¡Otra vez la fe!...

—¡Otra vez, y siempre! Un mismo sol alumbra todos los rincones del mundo. ¿Adónde irás con los ojos abiertos sin que los hiera su luz?

—Resueltamente, Águeda, no cabe inteligencia entre nosotros, si no desciendes de esas alturas ideales.

—Ó si tú no subes á ellas.