—Yo no hago imposibles.
—Pero los exiges.
—¿Es imposible lo que te propongo?
—¿Aún no te convences de ello?
—¡No, y mil veces no!
—Hemos llegado al fin que yo temía. Caminamos ya en un círculo de hierro, y nos fatigamos ociosamente.
—¡Dogal es que oprime mi garganta!
—Te dije que sería inútil esta entrevista. ¡Mira cómo no me equivoqué! No sueñes siquiera en otra: hablamos por última vez.
—¡Por última vez, Águeda! ¡Y eso te dicta la caridad! ¿Por qué, puesto que conoces mi mal, no intentas su curación antes de abandonarme inclemente? ¿Ó temes el contagio?
—No le temo; pero sé que mis fuerzas no bastan para tan grande empresa, y que cuanto más avanza la gangrena, más dolorosa es la operación de cortar por lo sano. Eso es lo que vamos á hacer, por mutua conveniencia, ahora mismo, dando por terminada esta ociosa contienda que me mata.