—Con mi despedida. ¿No es eso lo que quieres?
—Eso mismo.
—¡Puede ser eterna, Águeda!
—¿Quién sabe!... —dijo ésta sonriendo amargamente.
—¡Pero es muy cruel —exclamó Fernando exaltado— esa conformidad con que me condenas á no verte más!
—Ya sabes cuál es el camino por donde se llega hasta mí, y no ignoras con qué llave se abren estas puertas.
—¡Si no la poseo, Águeda!
—¡Intenta siquiera buscarla, obcecado; y eso tendré que agradecerte!
Fernando, febril, pálido y desalentado, no quiso insistir en su lucha contra aquella roca inconmovible. Levantóse trémulo, y dijo, acercándose más á la joven:
—Estoy al borde del abismo que nos separa; te opones á que pase sobre él, y no puedo retroceder, porque no quiero ni sé volver á lo que fuí. Tengo que hundir en el negro fondo mis ojos y mi pensamiento... Si el vértigo me arrastra, no olvides que tú dictaste la sentencia.