Después salió, como debe de salir de la capilla el reo que ha perdido la última esperanza de perdón.
Águeda no podía más. Había gastado todas las fuerzas de su espíritu la terrible lucha sostenida entre su corazón y su conciencia. Lloró y oró mucho. Para saber qué súplicas elevó al cielo, sería preciso conocer la magnitud de la tribulación en que estaba sumida aquella alma pura, recta... y enamorada.
XV
LA ASTILLA Y EL PALO
¡Qué vuelta la de Fernando á su casa! Llevaba una tempestad dentro de la cabeza; y parecíale que aquella tempestad le arrastraba por sendas y parajes desconocidos. El sol esplendoroso derramaba sobre el paisaje torrentes de colores y de vida; y él, sin embargo, veíase envuelto en una nube negra, preñada de horrores y tristezas; el campo no tenía matices ni aromas; los árboles no mecían su follaje ostentoso al blando soplo de la brisa; más bien gemían desnudos, como si los fuera deshojando el cierzo de sus pesadumbres. Llegó á la hoz, y féretro se le antojó á su fantasía; canto funerario el lento murmurar del río, y eco de los suspiros de sus marchitas esperanzas el triste quejido del pájaro solitario; y como su imaginación era reflejo de las impresiones de su alma, hasta las peñas, entre arbustos y zarzales, le remedaban con insultante propiedad las hinchadas narices, los punzantes ojos y la infernal sonrisa de don Sotero, que se gozaba en su agonía; y ¡cosa más extraña aún! por una caprichosa combinación de sentimientos y de ideas, todo este conjunto de objetos, de sonidos, de formas y de colores, venía á delinear la imagen fiel de Águeda inexorable, desoyendo los gritos de su corazón y lanzándole, solo y desarmado, á luchar contra el imposible de su conflicto. Recordaba todas las palabras que oyó de sus labios, como si estuviera oyéndolas todavía; y al pretender despojarlas, con el examen, de la aspereza de su rigor, los negros crespones de su espíritu les daban el color de la muerte y el amargor de la ruda.
No supo cuándo, ni cómo, ni por dónde llegó á casa, ni por qué se fué derecho al cuarto de estudio del doctor, ni cuánto tiempo estuvo dando vueltas allí, sin advertir que éste le contemplaba y le seguía con anhelante mirada, en la cual se pintaban á la vez la curiosidad del médico y las angustias del padre.