—¡Fernando! —le dijo éste al fin—. ¡No es vida la que traes, ni la que me haces pasar á mí, viendo cómo tus preocupaciones crecen de día en día, y hasta dónde te llevan hoy!
Detúvose Fernando; y sin tratar de disimular el desasosiego que le dominaba, ni mostrarse sorprendido con la presencia de su padre, respondióle, como si continuara en voz alta un diálogo comenzado mentalmente:
—El día en que llegué á esta casa, y en este mismo sitio, te prometí descubrirte el fondo de mi corazón cuando fuera hora de hacerlo. Esa hora ha llegado, y voy á cumplir mi promesa en este instante.
—¡Acabaras, hijo mío! —exclamó el viejo doctor, viéndose en el acento de sus palabras y en la expresión de su fisonomía, el ansia en que estaba viviendo.
Fernando se sentó á su lado, y dijo así:
—Cuando me referiste el triste suceso de Valdecines, unas palabras mías te hicieron sospechar que podía ser causa de mis preocupaciones la joven que hallaste á la cabecera de aquel lecho.
—Y he seguido sospechándolo.
—No necesito decirte cómo ni por qué empezamos á querernos. Bástete saber que cuando tratamos de medir la profundidad de aquel amor, que naciente y manso arroyo parecía, era ya inundación que nos arrastraba. Una vez, y porque el rumbo de la conversación así lo quiso, la malhadada cuestión religiosa surgió entre nosotros. Descubrirse mi incredulidad y cerrárseme las puertas de aquella casa, fué obra de un solo día. Al siguiente, y en este mismo sitio, me preguntaste por la causa del disgusto que yo no podía ocultar. Pensaba entonces, y seguí pensando mucho después, que el obstáculo se destruiría con la reflexión y el tiempo; y he aquí cómo, hijo de estas esperanzas y de los temores que son inseparables compañeros de ellas, nació aquella melancolía que tu ojo certero descubrió en mi rostro y en mis cartas. Pero pasó el tiempo, y hasta pasó con él lo que yo creía causa principal, si no única, de la rigorosa medida tomada conmigo; y volví á acercarme á Águeda, que, por desdicha mía, no me esperaba. Ni razones la convencen, ni súplicas la ablandan. Por incrédulo me cerró sus puertas, y sólo creyente puedo entrar por ellas. Entre tanto, la pasión que yo creía llegada á su colmo, crece sin cesar, y á mi mente no baja un rayo de esa luz misteriosa que ha de iluminarla. Éste es mi conflicto.
Oyó el doctor á Fernando con viva curiosidad; y cuando éste acabó su brevísimo relato, díjole en su tono habitual de zumba:
—¡Conque ese es el conflicto! ¿Ni más ni menos?