—Te he trazado las cuatro líneas confusas del mapa de mi desdicha. La extensión real que representan, su realce y sus colores, no puedo yo describirlos: tú debes suponerlos.
—¿Y es ésta la primera vez que te ves en apuros tales?
—La primera... y la última.
—Pues hay muchachos que á tu edad los cuentan por docenas, y no se ahogan así... ¡Mire usted qué talento... y qué motivo para tener á su padre tanto tiempo en una angustia mortal!
—Deja tus burlas inclementes, y no me midas por la talla común. En esos ejemplares que citas, el amor es una necesidad de lujo, y un atractivo más el obstáculo. Nunca fuí vencido de esa debilidad; no por virtud, sino por naturaleza, y tú no lo ignoras. No busqué el amor, él brotó en mi pecho aprisionándome. Decreto del destino ó ley de la vida, su esclavo soy, y no puedo ni quiero pensar en romper la cadena.
—Pues, hijo mío, arrástrala en buen hora; pero no te quejes.
—No me quejo de ella; antes bien, de flores me parecía. Quéjome del obstáculo que me detiene en el camino que esa misma cadena me hacía risueño y placentero.
—Pero ven acá, melenudo, llorón y mal poeta, ¿no habla nada á tu razón la misma naturaleza del obstáculo? ¿No se te ocurre que mujer que por tales pequeñeces te despide, no es digna de que por ella pase un mal rato un hombre como tú?
—No se me ocurre tal cosa; y á tí debiera ocurrírsete, en cambio, que de una mujer frívola y vana no me hubiera enamorado yo.
—Todos los Quijotes dicen lo mismo de sus Dulcineas.