—Un momento te bastó á tí para ver en Águeda cualidades muy superiores.

—Cierto... pero hay gazmoñas que tienen mucho talento, y, sin embargo, son gazmoñas y fanáticas. Bien puede ser esa joven una de ellas.

—No hay tal fanatismo ni tal gazmoñería. El fanatismo está en tí y en mí, que no queremos ver nada serio ni concertado, fuera de nuestras ideas.

—¿En qué quedamos entonces?... Porque de eso que dices se desprende que te ha convencido.

—¡Ojalá! El convencimiento que adquirí oyéndola, es harto más triste. Me he convencido de que son irrefutables sus razones para rechazarme por incrédulo.

—Luego estáis conformes.

—Ni podemos estarlo.

—¡El demonio que te entienda!

—Todas sus deducciones son rigorosamente lógicas. Lo falso á mis ojos; lo santo, lo indiscutible para ella, es el principio en que se apoya, y de donde parten todos los radios de sus ideas: los dogmas de su fe; lo que yo necesito creer si he de volver á cruzar las puertas de aquella casa.

—Pues insisto en lo dicho: esa tenacidad es lo que se llama vulgarmente fanatismo.