—No: el fanatismo es ciego, irreflexivo, inconsciente; esta resistencia es razonada, persuasiva y heróica, porque en la lucha arriesga Águeda lo mismo que yo, y no la arredra el peligro ni la detienen humanas contemplaciones.
—Fanatismo... ilustrado, si quieres; debilidad siempre.
—¡Extraña debilidad la que da tales alientos para luchar y vencer en las mayores tormentas del corazón; y extraña fuerza la mía, que me abate y enerva cuando necesito ser valiente! Si por los efectos hemos de juzgar de las cosas, entre mi fuerza y su debilidad, cualquiera, en mi caso, optaría por el fanatismo de Águeda. ¡Cuando menos, tiene grandeza!
—Pues hazte fanático. ¿Quién te lo impide?... ¡Y á fe que sería, como ahora se dice, noticia de sensación para tus conmilitones del racionalismo!
—Ni lo grave de mi situación se presta á tus bromas, ni con ellas has de conseguir tu propósito de disfrazar más hondos sentimientos. Déjalas, pues, á un lado, y dime, si lo sabes, cómo se vence en esta batalla, perdida hoy para tu hijo, ó cómo, en el desastre, se salva... siquiera la vida.
—¡Niño, niño! —exclamó aquí el doctor, hundiendo su mirada hasta lo más escondido de la mente de Fernando—. ¡Eso no se dice, ni en chanza!... ¡La vida vale mucho á tu edad para arriesgarla en juegos de esa especie!
—¿Juego llamas á esto?
—¡Juego lo llamo, y juego es todo aquello en que toma cartas esa víscera tan traída y tan llevada en las comedias del mundo! Y ahora añado que por serio y complicado que el juego llegue á ser, debe ganar siempre la cabeza, aunque sea con trampas de mala ley... ¡Muérase el demonio!... ¡Pero tú, hijo mío!... Vamos á ver, ¿qué proyectos son los tuyos para salir del negro trance?... Descúbrelos y examinémoslos con calma.
—Estoy resuelto á estudiar hasta el fondo de esa cuestión pavorosa; quiero descomponerla fibra á fibra y saborearla gota á gota, sin odios ni prevenciones de escuela.
—¿Quieres hallar así la fe que te falta para llegar hasta Águeda?