—Ó el convencimiento pleno de que no me queda la más remota esperanza de vencer en esta lucha terrible.
—¡Empresa es!
—Pero me hallo en este instante como el que abre los ojos en medio de un desierto sin orillas: no sé hacia dónde dar el primer paso.
—Lo comprendo.
—Pero tú conociste á tu madre. Era piadosa, según mis noticias. Debió enseñarte á rezar; hablarte de Dios... á su modo.
—Hablábame, en efecto, muy á menudo, de esas cosas.
—Dicen que «esas cosas» y otras semejantes, son á manera de semilla que, aunque olvidada en esa edad, fructifica profusamente en cualquiera otra de la vida, si se la busca y se la cuida con esmero.
—Eso dicen también.
—¡Pues ni esa olvidada semilla encuentro yo entre los escombros de mis recuerdos! No hubo una mano benéfica y previsora que la arrojara sobre la aridez de mi infancia. ¡Mira si es grande mi desdicha en este momento!
El doctor frunció el entrecejo, se pasó la mano por la barba, y preguntó secamente á su hijo: