—¿Me lo dices para reconvenirme con ello?

—Quiero que te vayas penetrando poco á poco de la gravedad del trance en que me veo. Sabes cómo pasó mi niñez; cómo entré en la juventud; qué vientos me empujaron; en qué moldes se fundieron mis ideas, y cuáles son éstas.

—Enemigos irreconciliables de las que vas buscando ahora.

—Pero con la desdichada circunstancia de que mientras yo me hallo á ciegas y atado de pies y manos, ese enemigo me asedia y me acomete, y no puedo retroceder ni defenderme.

—¿Y qué deseas por de pronto?

—Que me guíes y me ayudes.

—¡Guiarte yo!... Hijo de mi alma, ¡á buena parte vienes! Dum cæcus cæcum ducit... ya lo sabes: al hoyo los dos.

—Si no puedes darme luz, dame aliento siquiera.

—Te daré, hijo, hasta la vida, si te hace al caso... Pero dime en qué forma he de alentarte. Explícate.

—Respóndeme con la franqueza y lealtad con que yo te hablo. ¿Sientes el mismo entusiasmo que sentías en otro tiempo por el triunfo de tus ideas?