—Pues con franqueza y con lealtad, Fernando: hace mucho que esas ideas y las otras ideas me tienen completamente sin cuidado.
—¿Y consiste esa indiferencia en que se hayan modificado tus opiniones con la edad, ó en el apartamiento en que vives de las luchas?
—En un poco de cada causa... y en otras más... Lo que me sucede en mi soledad, cuando vuelvo los ojos al agitado campo de las ideas, es que algunas veces me parecen locos los sabios militantes... lo mismo que los actores de una comedia vista de lejos: no percibo más que los manoteos, las zancadas y las contorsiones... ¡ni un escrúpulo de substancia!
—¿Cómo se explica entonces el calor con que aplaudiste mis dos últimas campañas?
—De un modo muy sencillo: teniendo presente que mi indiferencia por las ideas no me quita el entusiasmo que siempre he tenido por todo lo que sobresale de la talla vulgar. Te ví sobresaliente, y eres mi hijo... ¡figúrate si te aplaudiría con todo mi corazón!
—¿De manera que lo mismo me hubieras aplaudido en el campo contrario?
—Probablemente. La tolerancia es mi bandera.
—No le has guardado siempre la mayor fidelidad.
—Se la guardo desde que la plegué.
—¡Eso sí que es raro!