—¿Por qué y para qué? ¿No eras libre? ¿No elegiste el terreno más de tu agrado?

—Le elegí porque era el tuyo; porque te tomé por modelo. Te ví colmado de aplausos y de coronas; creí en la sinceridad de tu entusiasmo, y en él me inspiré. Pero tú, por la educación que recibiste de niño, acaso comenzaste la lucha con dudas y remordimientos; yo tomé el punto donde tú le dejaste; y con fe en la solidez del cimiento, levantéme hasta donde ahora me hallo, como pájaro con sus alas, sin vértigos ni vacilaciones. Tal cual me ves, obra tuya soy. Ya que no me des la luz que busco, préstame siquiera tus desencantos para que yo socave con ellos la fortaleza de este exclusivismo filosófico que absorbe toda mi inteligencia.

—Me harías reir, Fernando, si no me diera compasión el estado en que se halla tu espíritu. Te elevas, según me dices, en alas de mis laureles al punto que ambicionabas, y me lo imputas como grave delito; consideras inexpugnable el castillo de tus ideas, y al mismo tiempo pretendes que se rinda á los alfilerazos de una dama, con el auxilio de cuatro burlas mías, más ó menos sazonadas. ¿En qué quedamos? Ó te crees invencible, ó no, en tus posiciones. Si lo primero, ¿qué puedes reprocharme, en buena justicia, á mí que te dí esa fuerza? Si lo segundo, pásate desde luégo al enemigo, y buen provecho te haga.

—Pudiera reprocharte el descuido de no haberme enseñado ciertas cuestiones más que por una cara.

—Y ¿qué ha hecho tu razón libérrima que no les ha buscado la otra?

—La razón se apasiona, como tú has demostrado muy bien en el ejemplo que citaste; y en fuerza de andar siempre en un carril, á él se acomoda, y con dificultad se aviene á otro sendero. El espíritu de bandera propende á mirar al enemigo por el lado más desfavorable ó más débil. ¿No puede haberme sucedido á mí algo de esto en la doble ceguedad de mi entusiasmo y de mi educación irreligiosa y descuidada? Esto es lo que quiero ver; y para lograrlo, estoy resuelto á quemar hasta el último cartucho.

—Quema, hijo mío, hasta la cartuchera cuando llegue el caso, si con ese recurso sales de apuros; pero, por de pronto, desciende del volcán de tu fantasía al frío de la realidad, y empecemos por llamar las cosas por sus nombres. Lo que aquí sucede es que te enamoraste de una dama; que esta dama se enamoró de tí; que, á pesar de ello, te rechazó en cuanto supo que eras un hereje, digno de tu casta; que te impone su ortodoxia como condición de avenencia, y que tú no puedes creer esas cosas, ni fingir que las crees, ni renunciar á la dama... ¿No es esto?

—Precisamente.

—Ocurre también que tú eres vehemente y testarudo, y estás poco avezado á contrariedades; por lo cual quieres poseer inmediatamente el poderoso talismán que ha de abrirte las encantadas puertas, y que ya andas en su busca con el mismo afán con que estarías arrimando las espaldas á los Picos de Europa para derrumbar la gigante cordillera, si tal hubiera sido la condición impuesta.

—Supongamos que no te equivocas... ¿Y qué?