—El de confesión.
—¿Luego ya te confiesas?
—Dos veces cada año desde que cumplí siete. Y como me toca hacerlo mañana... También comulgo ya, no crea usted.
—¡Hola!... ¡Grandes pecados tendrás!
—Muy grandes, muy grandes, no, señor; pero si no me confesara, puede que los tuviera.
—Así y todo, buen miedo pasarás cuando te confiesas.
—Ni siquiera una pizca... Por ésta que es cruz de Dios. ¡Si es más bueno el señor cura!... Viejecín, viejecín... Lo mismo que un santito del altar. ¡Dice unas cosas tan bien dichas y con un cariño!... Yo creo que, si no fuera por él, se había muerto Águeda de pena. Y luégo, sabe... ¡madre de Dios! Una vez pasó por aquí un francés que era muy malo... ¡con una mujerona!... Engañó á medio pueblo y robó á la otra mitad... Eran herejes de los peores. El alcalde quería ahorcarlos; pero el señor cura dijo que no... Y va, y se los lleva á su misma casa. ¡Qué le parece á usted? Y teniéndolos en su casa á qué quieres boca, les enseñó la doctrina, y les predicó tanto, que devolvieron todo lo robado... y luégo iban á misa de por sí solos, y se confesaban. Ahora están en unas minas ganando buenos dineros.
—¿Conque tan sabio es el cura? —preguntó á la niña Fernando, repentinamente asaltado de una idea que, aunque le hizo sonreir, pensó poner en ejecución sin tardanza.
—¡Muy sabio! —respondió Pilar dando al superlativo toda la exageración posible con la boca, los ojos y los ademanes.
Tornó á acariciarla Fernando, y momentos después salió del jardín, cuya puerta le abrió la misma niña, poniéndose de puntillas para alcanzar, con su mano blanca y diminuta, la palanquilla del picaporte.