Aún esperó algunos instantes, inmóvil y anhelosa, porque cabía en lo posible que Fernando replicara que venía convertido, ó siquiera en camino de estarlo; pero el recado no llegó. Ni ¡cómo llegar! ¡Cómo obrarse en tan pocas horas tan grande transformación! Comprendiólo así; y consternada y trémula de dolor y de espanto, se halló sin fuerzas para tenerse de pie.
Si con sus palabras creyó haber dictado una sentencia de muerte, no en otro sentido las recibió Fernando de la persona que se las transmitió. Un frío glacial recorrió todo su cuerpo, y llegó á creer el desventurado que el luminar del día se había cubierto con una nube de sangre y de negros crespones. Retrocedió desalentado y desfallecido, y, en su aturdimiento, extravióse en el camino; y cuando creyó salir al encachado portal, encontróse en el jardín del otro lado. Pilar corría allí detrás de las mariposas, sin dejar por eso de leer de cuando en cuando en un librejo que tenía en la mano.
Detúvose sobresaltada cuando vió á Fernando, y éste la dijo, después de besarla y de acariciar sus rizos suaves y desordenados:
—Me extravié en el corredor. ¿Quieres abrirme la puerta del jardín?
—¿Viene usted de arriba? —le preguntó la niña escondiendo el libro con una mano, y separando con la otra una madeja de rizos que le caía sobre los ojos—. ¿Á que estaba llorando Águeda?... ¡Es más llorona!...
Sonrióse tristemente Fernando, y preguntó á Pilar:
—Y ¿por qué llora tanto?
—Eso no me lo dice á mí... Y cuando no llora, está muy triste... Yo creo que es porque se murió mamá y nos quedamos las dos solitas en el mundo.
Como al decir esto se enterneciera la niña, Fernando volvió á besarla en la frente, y la preguntó, por distraerla y por distraerse:
—¿Qué libro es ese que leías?