—«¡Levántate, Águeda, y aparta de tus labios esas hieles, que Dios no quiere imposibles! Llámale á tu lado, aliéntale, fortalécele, perdónale, que también la caridad es virtud de los cielos. Si nieblas y tempestades le arrojaron en el escollo en que ahora se agita y perece, la luz de tu fe, iluminándole, le conducirá á puerto seguro. Su vida es tu vida... ¡No le pongas en riesgo de perderla!»
Después se alzaba la losa de un sepulcro, y del fondo de él, entre los pliegues de un sudario, aún no roído por los gusanos, le decía una voz que la hacía estremecer:
—«¡Acuérdate, Águeda, de que por impío le arrojé yo de casa! Si impío vuelves á admitirle en ella, la maldición de tu madre pesará sobre tí por todos los días de tu vida, y no te abandonará ni á las puertas de la eternidad.»
La voz de la fe tampoco callaba.
—«No es lícito —decía— trato alguno de esa especie con gentes contaminadas del error; pero es obra de caridad, y hasta deber cristiano, poner los medios para conducir al redil la descarriada oveja. ¿Puedes hacerlo tú sin graves riesgos para tu alma? ¿Estás segura de triunfar en la empresa? Si se malogra, ¿serás capaz de retroceder en ella sin extraviarte tú misma, ó sin dejar en las espinas del camino jirones del cendal de tu buena fama?»
Y Águeda, como en respuesta á todas estas voces y mandatos, sólo sabía exclamar, atribulada y desfallecida:
—«Sí, sí... os siento, os oigo... ¡pero le amo, le adoro con todo mi corazón! ¡Dios mío! ¡que no vuelva, que no me hable, porque si le veo y le escucho, me faltará valor para arrojarle otra vez de mi lado! ¡Señor... tengo fe; pero en este trance amarguísimo, vacilo en la senda de mis deberes, porque soy mujer y tengo amor!... ¡Fuerzas, Dios mío, fuerzas te pido para no caer!»
En este instante anunciaron á Águeda la llegada de Fernando, y su deseo de hablar con ella.
—¡Jesús! —clamó la desdichada—. ¡Si esto no es ordenado por el cielo, yo no sé qué es la evidencia! ¿Cabe prueba más terrible? ¿Habrá suplicio más espantoso?
Quiso responder al recado, y no halló movimiento en su lengua, ni voz en su garganta. Padeció, luchando un solo momento, más que había padecido en tantos días de incesantes batallas. El corazón le puso un sí entre los labios; pero al primer grito de su conciencia, le devoró con vergüenza de su debilidad; acogióse al recuerdo de su madre y á las advertencias de su fe, y con un esfuerzo sobrehumano, y entre los gritos de su amor despedazado, negóse resueltamente al deseo del infeliz amante. Pero en aquellas pocas palabras creyó haber dictado una sentencia de muerte.