De pronto se estremeció con espanto, y apartó sus ojos del precipicio. Después huyó, casi á la carrera, de aquel lugar que le fascinaba y le atraía. Cuando llegó á la sierra, se encontró fatigado y jadeante; no por lo largo de la jornada, que era una parte de su ordinario paseo, sino por lo rudo de la batalla que había sostenido con sus pensamientos.
Éstos, sin dejar de ser tristes, fueron más apacibles y sosegados en cuanto su vista se extendió por el hermoso panorama que se descubría desde aquel paraje.
Bañaban los rayos del sol en torrentes de luz los montes y la llanura; y al soplo continuo y halagüeño de una brisa refrigerante y embalsamada, undulaban las praderas del valle y se mecían entre cambiantes peregrinos, como las aguas de un lago. El pueblo, con sus casitas dispersas, pero orientadas todas ellas al mediodía, abría sus puertas y ventanas, y hasta por huecos y rendijas parecían sonreirse y aspirar la vida y el regocijo que pródiga derramaba en aquel instante la naturaleza. Allí se alzaba, descollando sobre las demás, la casa de los Rubárcenas, y en ella clavaba su vista Fernando, y en ella tenía sus pensamientos, porque allí estaba el norte del imán de sus aspiraciones. ¿Qué enamorado no taladra los muros más espesos con los ojos del corazón, y no oye á largas distancias los rumores más leves cuando piensa en la mujer amada!
En Fernando se producía este fenómeno como en ningún otro enamorado, por la misma singularidad de sus contrariedades. Creía ver el esbelto talle de Águeda discurrir por salas y pasillos, y su blanca y delicada mano en cada puerta que se movía; llegaba claro á sus oídos el rumor del breve pie al hollar el limpio y bruñido suelo; y cuando consideraba que podía estar contemplando el camino de la sierra detrás de las vidrieras entreabiertas, veía sus ojos azules y rasgados, y jurara que de ellos, y no del sol, nacía la luz esplendorosa que inundaba el pueblo y el valle y las montañas. ¡Y aquella mujer le amaba, y por él padecía dolores sin consuelo... y, sin embargo, le cerraba las puertas de su casa!... ¡á él, que la adoraba y que sólo vivía por ella y para ella! ¿Y por qué este terrible contrasentido; por qué! Jamás le parecieron tan pequeñas las causas de su desdicha... Hasta llegó á creer que Águeda había ido en sus rigores más allá de sus propósitos, ó trataba de someterle á una prueba decisiva. ¡Si la casualidad volviera á reunirlos!... ¿Cómo era posible que mujer tan buena y tan enamorada le condenara á horrible muerte por el delito de adorarla! ¡Si llegara á hablar otra vez con ella!... Pero ¿en dónde y cuándo? Le había prohibido volver á su casa, y él no se expondría á sufrir una nueva puñalada con otra nueva negativa. La insinuación debía partir de ella... y partiría. ¿Cómo dudarlo!
Así pensaba Fernando, mientras lentamente iba bajando á Valdecines... por supuesto, con la protesta de que lo hacía por alargar un poco más el paseo que tanto necesitaba.
Y ya en el pueblo, hallóse, sin saber cómo ni por qué, delante de la portalada de los Rubárcenas. Estaba abierta. ¿Por qué estaba así? Lo que él creía curiosidad le acercó todavía más á ella; y algo que no tenía forma ni color, pero sí mucha fuerza, le hizo entrar en la corralada.
La última entrevista que con Fernando tuvo Águeda, causó en el alma y en el cuerpo de ésta profundísimos estragos. Hasta entonces no había perdido la esperanza de que aquél llegara á colocarse en la única senda en que podrían encontrarse los dos. Cuando el deber la obligó á cerrarle por última vez las puertas de su casa, y se vió abandonada de aquel débil amparo, tuvo miedo de su propio valor. Los quehaceres domésticos, las obras de caridad, el recuerdo de su madre, su fe inquebrantable, la oración fervorosa... todo era poco para fortalecerla y alentarla en la tremenda lucha en que la empeñaba la rigidez de su conciencia. Hasta entonces no había logrado medir la intensidad del amor que sentía por aquel mancebo con quien la naturaleza había sido tan pródiga en dones, y á quien el cielo mismo no había querido negar una de sus más ricas dádivas: el talento. Águeda, aunque mujer fuerte, era al cabo tierra miserable que se conmovía al calor de una pasión humana. ¡Qué días y qué noches! ¡Qué batallas entre su corazón y su conciencia! Saliéronle al rostro las huellas de estos combates, y publicaron los cárdenos cercos de sus ojos las negras tempestades de su alma.
Pisando andaría Fernando las primeras callejas de Valdecines, cuando Águeda, no pudiendo con el peso de sus angustias aquel día, dió por terminada la lección de su hermana; y mientras ésta corría á solazarse entre la fragante espesura del jardín, ella acudió en vano al auxilio de otros cuidados para luchar contra el enemigo que la asaltaba con furia desconocida. Representábase á Fernando poseído de una exaltación febril, buscando á tientas y al borde de un precipicio los fantasmas de su locura sin consuelo.
—«¿Adónde —pensaba la infeliz—, adónde le conducirá la desesperación, si su buen sentido no la vence? Le falta la fe, que es la fortaleza. ¡Y yo que le atribulo, le dejo solo y abandonado! Si el dolor le mata, yo seré la causa de su muerte... ¡yo que le amo y acepté su amor como un don del cielo!... Pero su falta es enorme, y Dios no me perdonaría si viéndole aún esclavo de ella, alentara sus esperanzas... ¡Por qué nos conocimos!... ¡Por qué nos amamos!... ¿Decretaríalo Dios para someter mi fe á esta prueba espantosa? ¡Oh, sí!... ¡veo el cáliz lleno de amargura junto á mis labios; y el deber me exige apurar hasta la última gota!»
Entonces la carne, la pícara carne, el corazón, golpeaba sin descanso en su pecho, y la decía á gritos: