XVII

MAR SIN RIBERAS

Amaneció el día encapotado y brumoso. Las nubes acumuladas sobre los más altos picos, descendían lentamente, como si las montañas tiraran de ellas para cubrirse los pies; y así fueron arrebujándose poco á poco en la densa envoltura, hasta desaparecer por completo debajo de ella. Luégo comenzó á caer sobre el valle una llovizna tenue y sosegada, como espeso rocío. Recibiéronla los prados, sedientos con el calor de la víspera, con la fruición voluptuosa del chino que fuma su pipa cargada de opio; hasta que, saturados de ella, como verdaderos borrachos inclinaron la cabeza soñolientos, y fueron acostándose las verbenas sobre el llantén, el trébol sobre las verbenas, y las centauras sobre el trébol. Una hora después apareció, sin saberse por dónde, un remusguillo juguetón que la emprendió con las nieblas del valle; y soplando aquí y allá, hízolas refugiarse en la montaña; abrió por las cimas más altas algunas rendijas en las densas veladuras; introdujo por ellas sus rayos el sol; y, á su contacto, los dispersos jirones blanquecinos reuniéronse en fantásticas moles, y fueron rodando monte arriba, sobre brañas y barrancos, hasta desvanecerse detrás de las cordilleras en el azul intenso del espacio. Entonces aparecieron los campos como desperezándose bajo un pesado velo de perlas y diamantes; y á medida que el sol iba bebiéndole, levantaban las flores la cabeza y abrían el rico broche de sus perfumes, que el blando terral esparcía por todos los ámbitos del valle, en cuyas arboledas entonaban sus mejores cánticos los ruiseñores y los jilgueros, y brillaban aún las trémulas cristalinas gotas de la pasada llovizna.

En tal hora dejó Fernando los blandos colchones de su lecho, y se vistió con la pulcritud que en él era una necesidad, si bien con la holgura propia del lugar en que se encontraba. Desayunóse apenas, y salió al campo á disipar la lobreguez de sus pensamientos con la fragancia y el esplendor de un día tan hermoso.

Ya sabemos que para él no había más que un camino en aquella porción del mundo: el camino de Valdecines. Ese camino tomó, no con ánimo de llegar al pueblo, sino porque sentía la necesidad de moverse y de respirar aire libre y oxígeno puro.

Desde la altura del parque de su casa, le pareció que estaría á sus anchas en las sombrías arboledas de la embocadura de la hoz. Abrió la sombrilla, porque el sol calentaba ya, y enderezó lentamente sus pasos hacia aquel sitio. Cuando llegó á él, se encontró demasiado á solas con sus negras cavilaciones. Las tintas de su melancolía tomaban allí unos matices que rayaban en desconsuelo. Luz y calor le pedía el alma, presa en la negra cárcel de sus dolores. Pero no se le ocurrió volver atrás para buscarlo, sino meterse en la hoz y llegar por ella á la sierra del otro lado, donde los horizontes se ensanchaban y la naturaleza se sonreía.

Durante su tránsito por aquella enorme rendija de la tierra, ¡qué pensamientos tan extraños le asaltaron! ¡Qué ideas le conmovieron! ¡Qué fuerzas tan misteriosas é incontrastables dirigían sus pasos y dominaban su voluntad! ¡Cuántas veces, sin darse clara cuenta de ello, se detuvo al borde del precipicio! ¡Con qué avidez contemplaban sus ojos el fondo donde el río era más negro y las peñas del cauce más ásperas y sombrías! En el rumor de aquellas aguas, enroscándose, como rabiosas serpientes fugitivas, á los obstáculos que hallaban en su tortuoso camino, oía él gritos y lamentos, súplicas, protestas de amor, repulsas inexorables... y hasta sentencias de muerte; y siempre era su voz la que se lamentaba, y la de Águeda la que le repelía.

La vista sufría allí también fascinación, como el oído. Un tronco seco y desnudo, tendido junto al cauce del río, parecíale la palpable y fiel representación de una idea que ya germinaba en su agitada mente. Cuerpo sin vida, quizá fué desgajado de lo alto por la furia del huracán; y antes fué verde y lozano, y se meció al blando soplo de las auras de abril. Cuando la tempestad le eligió por víctima, gemirían sus ramas azotadas por el viento, y crujirían sus raíces al desprenderse de la tierra; pero cayó, al fin, y rodó hasta el fondo, que era su sepulcro, su paz y su descanso. ¡Tras los furores de la naturaleza y las tempestades del corazón, la muerte siempre! Y la muerte veía hasta en las piedras medio ocultas entre juncos y ortigales, porque le remedaban osamentas descarnadas por los cuervos y emblanquecidas por la intemperie. Después medía con los ojos la altura desde el río á la angosta cornisa en que asentaba los pies. ¡Ni un solo obstáculo en todo el horrible camino!...

¿Por qué le dominaban tan extrañas preocupaciones? ¿Por qué hallaba deleite en entregarse á ellas?