Fernando se detuvo delante de aquella reducidísima estancia que le infundía cierta veneración, si no por la investidura del que la ocupaba, cuando menos por la humildad y el aseo que se respiraba en ella. Hizo notar su presencia con algunas palabras de cortesía; y al oirle, levantó el cura los ojos del libro y los fijó en él con señales de sorpresa y de curiosidad. Después enderezó el cuerpecillo poco á poco, sin dejar de mirar á Fernando, y, por último, le invitó á que pasara adelante. Al mismo tiempo salió á la sala, tan apresuradamente como se lo permitieron sus débiles fuerzas; cogió una silla, la acercó á la mesa del cuartito, y brindó con ella al joven. Éste la aceptó, y entonces se sentó el cura en su viejo sillón.

—Sírvase usted indicarme —dijo á Fernando con afable sonrisa— en qué puedo complacerle.

—Por de pronto —respondió el preguntado—, en escucharme. Después... después... ¿quién sabe?

Y como al decir esto se oyera rumor de pasos hacia la sala, volvió á levantarse el cura y cerró ambas puertas.

—En lo primero —dijo, sentándose otra vez—, dese usted por complacido, y entienda que mía será también la complacencia. Para lo demás, tenga presente que, fuera del alma, que es de Dios, todo cuanto soy y me pertenece es del primero que lo necesita.

—Señor cura —continuó Fernando, para quien no pasó inadvertida la elocuente sencillez de estas palabras—: mi aspecto y mi lenguaje le dicen á usted harto claro que pertenezco al siglo, en cuanto éste tiene de batallador y aventurero en el orden de las ideas.

—Adelante —dijo el cura con voz serena y faz impasible.

—No conocí á mi madre.

—¡Tremenda desdicha!

—Quiero decir que jamás arrullaron mis sueños de niño los tiernos cánticos de la fe cristiana, ni mis labios balbucieron una oración, ni los ángeles se cernieron sobre mi cuna.