—Pero cuando falta una madre —observó el cura— que dirija los primeros pasos de la vida de sus hijos, la sustituye el padre.
—El mío, señor cura —repuso Fernando—, lidiaba á la sazón bajo la misma bandera á que yo me afilié más tarde. La sed de la ciencia le devoraba, y en satisfacerla se entretenía. Cuidaron de mí manos mercenarias, y me formaron al gusto de quien las pagaba.
—Naturalmente —dijo el cura con expresivo ademán—. ¿Y después?
—Después, como las cosas caen del lado á que se inclinan, cuando me desprendí de los brazos que me sostuvieron, caí en el agitado mar de las ideas reinantes, y me dejé llevar del impulso de sus ondas. Aquél fué mi elemento: no conocía otro.
—¿Y luégo?
—Luégo me complacía en ver cómo aquellas ondas, al llegar á la opuesta orilla, espumosas y rugientes, batían y socavaban el vetusto continente, región extraña donde yo no tenía una voz que me llamara, ni un brazo que se me tendiera. Cada roca desgajada del áspero valladar, arrancaba á mi pecho un grito de triunfo.
—Es decir, en neto romance —añadió el cura—, que se echó usted al mundo campando por sus respetos, y se entregó al frío racionalismo con todas sus consecuencias.
—Precisamente, señor cura.
—Muy bien. ¿Y por último?
—Por último, llegó un día en que en ese camino, hasta entonces cómodo y placentero, se atravesó un obstáculo; dédalo misterioso que sólo podía salvarse con la luz de la fe. Yo no la tenía. Acudí con ansia al depósito de mis recuerdos, y no hallé entre todos ellos una sola chispa que, avivada con cariñosa solicitud, pudiera producir la luz ambicionada. Entonces convertí todas mis fuerzas á un solo propósito, y batí con ellas los muros de mi razón, esperando hallarla débil por alguna parte; pero fué vano mi intento. Como acero de buen temple, cuanto más la golpeaba, más se endurecía. Conocí mi debilidad para llevar á cabo tamaña empresa, y desistí de ella. En esta situación de desaliento acudo á usted, señor cura.