—¡Á mí! —exclamó éste con candorosa admiración—. Y ¿para qué?

—Para que me enseñe á luchar... y á vencer.

—Vamos, señor don... ¿Cómo es su gracia?

—Fernando.

—Señor don Fernando, usted se chancea.

—¡Juro á usted que no es ese mi propósito!

—¡Yo!... ¡un pobre cura de aldea; abrumado por el peso de los años y de las fatigas del sacerdocio; ignorante, sin la menor experiencia del mundo en que usted se ha formado!... ¡Hijo mío, si yo pudiera infundirle la fe que me sobra por la virtud del buen deseo!... Porque usted me lo asegura, creo que no son de broma sus intentos; pero preciso es que reconozca que se engaña en lo que se refiere á mis fuerzas. Además, no quiero ni debo ocultar á usted la extrañeza que me causa verle acudir en su conflicto al humilde párroco de Valdecines, cuando en el mundo en que vive deja tantos varones ilustres por su ciencia y sus virtudes.

—Loable es la modestia, señor cura; pero, ó yo me engaño mucho, ó la de usted es excesiva en este caso. De todas maneras, y respondiendo á la observación que me hace, debo decir á usted que si en Valdecines busco lo que tanto le admira, consiste en que cuando andaba en el mundo no lo necesitaba.

—Debí suponerlo; y usted perdone mi indiscreción.

—No merece ese nombre su atinadísimo reparo. Y volviendo ahora al asunto de sus fuerzas, sean éstas lo que fueren, ¿debo deducir de lo que usted me ha dicho que se niega á auxiliarme con ellas?