—¡Eso no! —respondió el anciano sacerdote con gran entereza—. Pero usted me ha indicado que viene á que yo le enseñe á luchar y á vencer; y á tanto como eso no me atrevo á comprometerme.

—Pues dejemos limitado el auxilio á lo que usted quiera.

—Á lo que pueda hacer —rectificó el cura—; á poner cuanto tengo al servicio de usted, que, en este caso, es el servicio de Dios, y, por tanto, mi deber.

—Eso me basta por ahora —replicó Fernando.

Después de un instante de meditación, dijo el cura:

—¿Me permite usted, ante todo, imponer dos condiciones?

—Cuantas usted quiera —respondió el joven—. Vengo resuelto á todo.

—Mucho mejor entonces. Pues es la primera —añadió el cura, mirando con escrutadora fijeza á Fernando— que ha de responder usted á todas mis preguntas con entera ingenuidad, sin que reparos ni escrúpulos de escuela se lo estorben.

—Por entendido.

—La segunda condición es que, cuando llegue el caso, ha de someterse usted ciegamente al plan de batalla que yo proponga.