—Eso se supone, señor cura.

—Pues, con la ayuda de Dios, doy comienzo á la tarea. Dos causas pueden haber movido á usted á dar el paso que está dando: el deseo de conocer la verdad, porque el alma, esclava de los errores de la mente, se le imponga, ó la necesidad de creer porque á ello le obligue algún fin mundano. En el primer caso, me atrevería, señor don Fernando, á prometerle la victoria; porque tendríamos de nuestra parte la conciencia y la voluntad de usted, y, lo que más vale, el enemigo desalentado y atento sólo á defender sus falsas posiciones. En el segundo caso, hijo mío, es imposible prever el éxito de la batalla. La misma necesidad del triunfo le hará á usted desatentado y débil en el ataque. El convencimiento es hijo de la serena reflexión, y ésta no cabe en un cerebro perturbado y calenturiento. Ahora bien: del relato que usted me ha hecho, deduzco que, desgraciadamente, estamos en el segundo de los casos expuestos.

Fernando, no poco ni desagradablemente sorprendido con tan hábil modo de plantear la cuestión, quiso responder con vaguedades y subterfugios.

—Me ha prometido usted —le interrumpió con entereza el cura— ser franco y sincero conmigo.

—Pues bien —repuso Fernando—: confieso que un fin mundano me movió á buscar eso que se llama verdad, ó, como le dije al principio, la luz de la fe que necesito para destruir el obstáculo puesto en mi camino. Pero sea cual fuere la causa eficiente, el resultado es que, en este momento, quiero, con toda la fuerza de mi voluntad, descubrir esa verdad absoluta, para abrazarme á ella y acogerla en mi corazón.

—No niego el propósito; pero insisto en sospechar de la calidad del deseo, y en desesperar de los resultados.

—¿Por qué, si mi decisión es heróica?

—Porque el enemigo está muy entero, y el alma de usted no siente el peso de las cadenas que la ligan á la tierra, alejándola de Dios.

—¿Y por esa consideración, que no deja de ser fundada, he de renunciar yo hasta al intento?

—¡Líbreme Dios de aconsejárselo á usted! Cualquiera que sea el camino que se emprenda para llegar al conocimiento de la verdad, debe seguirse. Cuanto mayor y más penosa la jornada, más meritoria. Lo que he querido decir con estos reparos es que no seré yo, por mis pocas fuerzas, el dichoso que le tome á usted de la mano y le conduzca con firme paso al reino de Dios... ¡Pero dejar de intentarlo; dejar de brindarle con el apoyo de mi brazo, aunque trémulo y endeble!... ¡No cumpliera yo con el más sagrado de mis deberes, ni ofreciera á mi alma la más pura y santa de las alegrías! ¡Hijo mío —prosiguió alzando las enjutas manos y la venerable cabeza hacia el cielo—, la poca vida que me resta diera en este instante porque á mi mente bajara un rayo de la inspiración divina, para llevar el convencimiento á la razón esclava, y el amor de Dios al corazón profanado!