Fernando contemplaba con vivísimo interés aquel sencillo y hermoso modelo de humildad cristiana.
—Señor cura —le dijo con respetuosa afabilidad—, cuanto más duda usted de sus fuerzas, más grandes me van pareciendo á mí. ¡Ánimo, y á la pelea!
—Hijo mío, por mí no ha de quedar. Iremos á ella con toda decisión; pero es preciso, puesto que he de dirigirla, que estudie antes el terreno... Y aquí vuelvo á recordar á usted el compromiso empeñado de decirme toda la verdad.
—No faltaré á él, señor cura.
—Cuando un médico —prosiguió éste— es llamado á la cabecera de un enfermo, lo primero que averigua es la calidad de la dolencia que le postra. Conocida la calidad, busca la cantidad, á fin de que el remedio produzca el resultado apetecido.
—Perfectamente —dijo Fernando sonriendo, muy satisfecho.
—Ahora bien —continuó el anciano—, me ha declarado usted la calidad de la dolencia que le aflige: es necesario que yo conozca también su cantidad; es decir, que me manifieste usted toda la extensión de sus dudas en materia de fe.
—¡Dudas! —exclamó Fernando con acento sombrío—. Yo no tengo dudas.
—Pues entonces... —replicó el cura con vehemente curiosidad.
—¡Es que no creo en nada!