—¡Virgen María... qué desventura! —exclamó el santo anciano llevando hasta la boca sus manos entrelazadas.

—¡Pues si yo dudara —prosiguió Fernando con nerviosa exaltación—; si el conflicto en que me hallo consistiera en el más ó el menos de fe; si entre el dogma católico y los principios de la ciencia impía, como ustedes la llaman, vacilara siquiera mi razón, la batalla estaba ganada! pero es, señor cura, que en mi mente no cabe... ¡ni la idea de Dios!

—¡Oh!... ¡Calle usted, desventurado! —exclamó el santo hombre, en ademán de tapar la boca á Fernando.

Éste se quedó mirándole con ceño duro. Conoció el cura el errado concepto que el joven había formado de su exclamación, y dijo, después de serenarse un poco:

—Hace cincuenta años que ejerzo la cura de almas: en todo ese tiempo no he oído de labios humanos confesión tan espantosa; y en más de setenta que cuento de vida, no me he atrevido á creer que haya un sér dotado de razón que, cuando menos, no la utilice en conocer á quien se la ha dado. Éste es el motivo de mi sorpresa. No tome usted por señal de cambio de sentimientos mis ademanes y palabras. ¡Antes, hijo mío, ha crecido con sus declaraciones la compasión que me inspira su estado moral!

—Gracias, señor cura —dijo secamente Fernando, en quien se rebeló el orgullo de secta al oir que se compadecía de él un pobre cura de aldea. Pero considerando que, si había de dar algún fruto su tentativa, necesitaba pasar por esa y otras humillaciones semejantes, dominóse y añadió—: ¿Quiere decir que no se arrepiente usted de sus propósitos de acometer al enemigo, ni por haberle visto en la actitud en que acabo de presentársele?

—¡De ninguna manera! —respondió el cura—. En ocasiones, y ésta es una de ellas, á medida que crecen los peligros, aumenta el valor para arrostrarlos. Lo que haré es cambiar de táctica, pues de nada serviría la que pensaba adoptar.

—Es muy justo.

—No quiero que olvide usted, señor don Fernando, que soy un pobre cura de aldea, acostumbrado á luchar con tibios y descuidados, pero jamás con incrédulos; que mis ataques han sido al sentimiento más bien que á la razón, y, en fin, que en el campo que el Señor ha puesto á mi cuidado, más que roturador he sido jardinero. Hoy me presenta usted un terreno bravío y escabroso, y se trata de ponerle en buenas condiciones de cultivo. Hay que cortar las malezas; extirpar una á una sus raíces; remover el suelo hasta lo más profundo; pasarle, como quien dice, por un tamiz para que en él no quede ni un germen de sus impurezas; darle después condiciones vegetales, y, por último, depositar en él buena semilla... La obra no es imposible, ciertamente; pero sí larga y difícil. Yo, señor don Fernando, no puedo argüir á usted con textos, porque empezaría usted por negar su autoridad, y en ello sería muy lógico con su criterio especial; no fío gran cosa en las manifestaciones palpables del poder de Dios, porque delante de los ojos las ha tenido toda su vida, y no las ha visto; es usted, creyéndose libre, porque niega lo sobrenatural, esclavo de su razón, que es limitada y le engaña: ésta es la venda que le oculta la verdadera luz; arrancarla de sus ojos es la obra de mayor necesidad. Pero usted es hombre formado en las luchas de la razón, avezado á la controversia y á la disputa de las academias y del periódico; posee, cuando menos, el arte de pelear, el método, que, si no conduce por sí solo á la verdad que se busca, alienta á la mentira y le da fuerza y empuje, especialmente contra adversarios tan débiles é inexpertos como yo. No puedo, en una palabra, derribar con mis golpes el castillo de sus errores; necesito socavarle poco á poco, hasta que, falto de base, se derrumbe él por sí solo. Pero esto exige un plan, y el plan una detenida meditación. ¿Me permite usted, como adversario leal, que me retire á mi tienda á meditar sobre el trance y preparar mis armas?

Fernando, á quien devoraba la impaciencia, se avenía mal con plazos y dilaciones.