—Y ¿ha de ser larga esa tregua? —preguntó.

—Hasta mañana á estas horas, por lo menos.

Fernando hizo un gesto de inquietud.

—¿Ve usted cómo sucede lo que yo temía? —dijo el cura—. Lo primero que usted tiene que vencer es la impaciencia. Dominado por ella, no hay términos hábiles de reflexionar; y no reflexionando, no se hace obra bien concertada. Mañana, si usted quiere y se resigna, le indicaré alguna senda por donde comenzar... entiéndalo usted bien, por donde comenzar á caminar en busca del bien que desea. Una vez en marcha, yo cuidaré de desembarazarle de estorbos el camino, si usted no se cansa ó no se arrepiente, y no se empeña en retroceder. La empresa, hijo mío, para usted es noble, y para mí... para mí, si la llevo á cabo, la mejor corona de mis canas y el más glorioso remate de esta carrera, cuyo fin tocan ya mis cansados pies. ¡Bien vale la pena de que nos tomemos el tiempo necesario, siquiera para que yo le pida á Dios que me auxilie con su ayuda para llevar á buen término esta obra que ha de ser para gloria suya y eterna salvación de usted!

Fernando, dispuesto á marcharse, se levantó.

—Hasta mañana, señor cura —dijo.

—Hasta mañana, hijo mío —repitió el cura levantándose también. Luégo añadió:

—Cuento con usted.

—Empeño mi palabra de hacer todo lo posible por no faltar.

—Adiós, pues; y que la gracia divina le ayude y le acompañe.