Salió Fernando á la calle, no pesaroso de la entrevista; pero con pocas esperanzas en los convenidos planes, y el corazón lacerado por la inclemencia de Águeda.
Tenía razón el cura de Valdecines: mientras el peso de los errores no abrume al alma, empresa es de titanes desprenderse de ellos.
XIX
LO QUE LLEGÓ Á DECIRSE
Poco después que Fernando, salió de la misma casa el ama del cura, viejecita muy limpia, muy fiel y muy cariñosa; pero fisgona incorregible y charlatana impenitente. Deslizóse á lo largo de las tapias; y muy arrimadita á ellas, encorvado el espinazo y muy diligentes los pies, en un credo llegó á la guarida de don Sotero; alzó la aldabilla de la puerta, y entró.
Ya sabía el negro personaje que Fernando había estado en casa de Águeda, y, lo que más en alarma le ponía, que había salido por la puerta del jardín; hecho inusitado y por todo extremo ocasionado á gravísimas conjeturas. Pero no sabía más, porque con saber eso solo se conformó el soplón que se lo dijo.