Traíale el caso con grandes escozores en el espíritu; pero aún le producía mayor desasosiego otro particular de este mismo asunto. Dos días llevaba el hombre cavila que te cavila, midiendo horas, pesando inconvenientes y saboreando propósitos y resultados; y como nunca lograba armonizar por entero los múltiples registros de sus proyectos, sudaba la gota gorda, ¡y eso que era pez de buenas agallas!

Paseábase en el largo y desamparado salón que conocemos, con las manos enlazadas sobre los riñones, carraspeando á veces, bufando muy á menudo, y siempre con la faz cargada de centellas, mientras Bastián, derribado sobre una silla vieja arrimada á la pared, con las zancas extendidas cuanto eran de largas, las manos en los bolsillos del pantalón, la nuca contra el respaldo, la bocaza abierta y la vista vagando por el techo, lamentábase en silencio de la reclusión en que se le tenía desde la noche de los palos; rascábase las ronchas de cuando en cuando, y no olvidaba un punto á Tasia ni se le apartaba de la memoria Macabeo, causas primordiales de aquel nocturno siniestro y de la creciente intranquilidad de su espíritu desde entonces.

Como en la sala reinaba el más completo silencio, porque al acompasado ruido que producía el ir y venir de don Sotero estaba ya tan hecho que no le oía, sus meditaciones llegaban á presentarle las cosas como se ven en una pesadilla: reales y verdaderas. Así es que en ocasiones, cuando soñaba con los palos, se quejaba recio, y al meditar sobre el motivo, balbucía frases enteras. En uno de estos lances mordióle más fuerte que de costumbre el gusanillo de los celos, y pensando si sería fábula inventada por Tasia lo del viaje de su rival, exclamó con toda su voz:

—Pero ¿por qué ella no quiso decirme adónde iba Macabeo aquella tarde? ¡Dios!

Detúvose repentinamente don Sotero al oir esta exclamación de su sobrino, y le preguntó, mirándole con terrible ceño:

—¿De qué viaje estás hablando, animal?

Desperezóse Bastián sobresaltado, como si realmente saliera de un sueño por la virtud de un garrotazo como los de marras, y respondió á su tío:

—Del de Macabeo.

—¡Un viaje de Macabeo!... ¿Cuándo le hizo?

—Aquella tarde de los trancazos.