—¿Adónde?

—Eso preguntaba yo á la que lo sabía, cuando usted me solfeó las costillas.

—Pero ¿hacia dónde tiró Macabeo? ¿No sabes ni siquiera eso?

—Sí, señor: valle afuera.

—¿Quién te lo dijo?

—Yo le ví.

—Pedazo de bestia... ¡y te acuerdas ahora de decírmelo!... ¿Por qué no me lo has dicho antes, animal?

—¡Otra!... ¡Dios! Y á usted ¿qué le importaba que Macabeo entrara ó saliera?

—¿No te tengo dicho que me des cuenta de todo cuanto veas y oigas en el pueblo, estúpido?

—¡Buena memoria me dejó usted aquella noche con la zurribanda que me sacudió, para que yo me acordara otro día de ese encargo! ¡Dios!