Don Sotero ya no oía á Bastián. Volvió á pasearse; pero con febril agitación.

—Fué el mismo día en que yo hablé con ella —murmuraba, sin dejar de moverse como un poseído—. Entraría en sospechas... habrá querido cerciorarse... Necesariamente había de suceder algo de esto... Hay cosas que no tienen compostura... Lo imperdonable ha estado en mis vacilaciones... ¡Ira de Dios!... Pero todavía no es tarde... Van tres días hasta hoy... Aun suponiendo que todo le salga á pedir de boca... y ellos vengan á buen andar y sin tropiezo, quedan dos días... ¡y en dos días sobran horas para mis planes!... Lo que no cabe en ese tiempo es una vacilación... La salida no la veo aún tan clara como yo quisiera; pero lo demás es de éxito seguro... y, sobre todo, no hay otro recurso á mano, ni tiempo para buscarle... y ¡qué demonio! la fortuna, ó Lucifer, que me ha sacado de otros lances de mayor apuro, no ha de faltarme en éste.

Detúvose otra vez, y comenzó á pasear su mirada fulminante por toda la sala; acercóse á su alcoba y la recorrió también con la vista. Luégo se volvió hacia Bastián, y le dijo haciéndole estremecer con el horrible sonido de su voz:

—Inmediatamente, ¡en el aire! vas á hacer un encargo que yo te dé. ¡Ay de tí si tardas un instante más de lo necesario, ó hablas una palabra, fuera de las precisas!

En esto apareció en la sala, jadeando, el ama del cura.

—¡Grandes noticias, señor don Sotero! —dijo al entrar, con voz temblona y desentonada.

—¡Como traídas por usted! —respondió el hombre negro, á quien hizo un efecto endemoniado aquella visita intempestiva.

—¡Noticias para que con ellas se rechupe las uñas un hombre como usted, que tanto se interesa por la gloria de Dios y el bien de las almas!

—¡Vaya usted con doscientos mil demonios! —dijo con desdeñoso y áspero ademán don Sotero, incomodado con lo que juzgaba impertinencias de la buena mujer.

—¿Sí? —repuso ésta muy segura de su triunfo—. Pues escuche usted el cuento... y escúchale tú también, Bastián; que es de los que merecen andar en letras de molde.