—Lo que diría el señor don Plácido mañana si Dios quiere.
—No se me olvidó ese punto, Bastián. Le pasé en silencio por carecer de importancia. Con ese mentecato ya me entendería yo, por mucho que gritara.
—Vaya que es usté el mismísimo Pateta, ¡Dios!
—Desengáñate, Bastián: lo grave del suceso que te he referido como si estuviera ocurriendo, sería sólo para mi conciencia, porque fuí tan temerario que puse la liebre junto al sabueso, sabiendo lo que son tentaciones del demonio. En cuanto á tí, ni siquiera puede caberte el temor de mis iras; porque, ya te lo he dicho, no me lleva la rigidez de mis cristianos sentimientos hasta el punto de confundir las maldades de los hombres con lo que es obra de los pocos años. Y con esto hemos hablado bastante por ahora, después de advertirte que en gracia de la fiesta de esta noche y de la solemnidad del día de mañana, te levanto la reclusión en que has estado, por tu bien, durante algunos días... Conque á divertirse mucho sin ofender á nadie, ni acordarse de aquello que te valió lo que todavía te rascas en las costillas... y lo dicho, dicho.
—Así lo haré, tío muy amado —exclamó Bastián poniéndose de un brinco en el suelo—, ¡y así le quisiera á usted siempre, tan campechano y parcialote!
—Así me tendrás, si con tu conducta te haces digno de ello... ¡Ah!... se me olvidaba —añadió el afectuoso tío, llevando la diestra mano al bolsillo del chaleco—; toma unos cuartos, por lo que pueda ocurrirte.
Y aunque no llegaron á dos reales, Bastián los recibió como una lotería. ¡Tan poco acostumbrado estaba á las larguezas de su tío!
Recomendóle éste el silencio y la prudencia en casa, y salió de puntillas de la alcoba, advirtiendo á su sobrino que hiciera otro tanto.
—¡El demonio me lleve —pensó Bastián delante de la otra alcoba, cuya cerrada puerta taladraba con ojos preñados de torpezas— si á mí me había pasado por la cabeza cosa semejante, hasta que este hombre me la metió entre los sesos! ¡Y vaya si es manejable y hacedera! ¡Pues dígote que, si á mano viene, allá veremos!... ¡Dios!
Y en dos zancadas atravesó la sala, y en pocas más llegó al portal; y como ya hacía rato que se estaban oyendo las campanas de la Iglesia y algunos estallidos de cohetes, en cuanto se vió al aire libre comenzó á relinchar y á dar corcovos, como potro cerril que columbra el verde de la rozagante pradera.