Y prosiguió éste:
—¡Pues créete que siento haberte hecho saber ahora tan ociosamente que espero á ese señor de un momento á otro!... Pero, en fin, ya lo dije; y contando con que no abusarás de la noticia, continúo exponiéndote el susodicho ejemplo de moral práctica. Con la consideración de que si desaprovechas la noche no vuelves á verte en ocasión de lograr lo que deseas, emprendes de nuevo la marcha, y llegas á tu casa. El silencio y la soledad que tú habías supuesto. El corazón te late, las sienes te zumban, los ojos te fingen todo cuanto el demonio quiere que veas y palpes; las piernas vacilan un instante; pero la fiebre te alienta, y subes con mucho cuidado, sin hacer ruido. Abres la puerta de la alcoba, que casualmente no tiene llave desde ayer... Ella duerme. No la ves, pero la sientes; y lo que no ves, lo imaginas...
—¡Dios! —gritó en esto Bastián, echando llamas por los ojos—, ¡le digo á usté que lo estoy viendo! Pero... ¿y la chiquilla?
—Á la chiquilla... se la echa de allí... ó se la encierra en esta alcoba... ó no se hace caso de ella. ¡Ay! ¡El vértigo de la carne pecadora no sufre obstáculos!
—¿Y si la otra despierta? ¡vaya si despertará! ¿ó no duerme cuando yo entre, y grita y alborota? ¡vaya si alborotará!... ¡Dios!
—¡He ahí, Bastián, una de las gravísimas consecuencias de un atentado semejante! Gritaría, sí... y muy recio; y se echaría de la cama abajo, y se asomaría á la ventana y llamaría á los vecinos; y tal vez éstos acudieran en su auxilio; y acudiendo, la hallarían encerrada con un hombre en una estrecha alcoba, á las altas horas de la noche...
—¡Qué vergüenza! ¡Dios! —exclamó Bastián, sacudiéndose todo.
—¡Para ella, la desdichada! —añadió su tío en tono plañidero y compasivo—. ¡Para ella, que desde aquel momento ponía su honor en quiebra entre la gente murmuradora! ¿Quién, en la duda, la tomaría ya por esposa, Bastián? ¿Quién, sino tú, y por mucha aversión que la causaras podría remendar aquella carcomida buena fama? ¡Y gracias si á tal remedio se avenía... que lo dudo!... Conque mira, Bastián, si el asunto vale bien la pena de que te le puntualice y exponga, como acabo de hacerlo; ¡mira si preveo y me pongo en todos los casos, y te marco bien á las claras el camino de tus deberes y conveniencias!
—¡Vaya si caza usté largo! ¡Dios! —dijo Bastián, tan admirado de la sagacidad de su tío, como de sus propias dudas acerca de la moral del ejemplo—. Pero un punto se le ha olvidado á usté, que no es flojo, en lo tocante á las resultas del caso.
—¿Cuál?