—¡Le digo á usté que eso mete miedo, tío muy amado!... Y hasta creo yo que si siempre se tomara en cuenta, no se darían tantos palos como se dan, á veces sin qué ni para qué, ¡Dios!
—Á veces se dan esos palos á que aludes, Bastián, porque para los motivos de ellos no alcanzan las disculpas á que yo me refiero. No es lo mismo salir á buscar la tentación, que verse asaltado de ella... Y he de ponerte un ejemplo á este propósito, para que aprendas á distinguir de colores, y al propio tiempo te penetres mejor del punto de moral de que íbamos hablando. Ya hemos convenido en que Águeda, y á la vista está, como mujer, es un primor de belleza. Águeda se ha metido por las puertas de tu casa, y ocupa el dormitorio en que tantas veces has penetrado tú, aun á las altas horas de la noche, hallándome yo en él. El contraste no puede ser más sobresaliente. De esta escultura á aquella escultura... ¿eh?... ¡Me parece que hay alguna diferencia!...
—Ya, ya, ¡Dios! —respondió Bastián, rascándose la cabeza.
—Pues bien —prosiguió don Sotero con la más candorosa sencillez—. Añade á estas consideraciones que debes hacerte, porque eres hombre y en lo más lozano de la vida, la circunstancia tentadora de que sabes, porque yo te lo he dicho, que esa joven tan hermosa que está en tu misma casa, pudo haber sido tu mujer, y que aún pudiera llegar á serlo... ¿Quién desconoce los estragos que causan los pensamientos de este linaje metidos de sopetón en una mollera juvenil? Pues figúrate que, con ellos en la tuya, te vas esta noche á la hoguera... Nada más puesto en razón, ¡y seguramente que no me opondré yo á ello!... Vas á la hoguera, y haces allí lo que es muy natural que haga un mozo de tu edad: florear á esta muchacha, bailar con la otra...
—¡Dios!... ¡y cómo lo borda usté, hombre! —dijo aquí Bastián, resobándose las manos y dando zancadas al aire.
—¿No ves, tonto —respondió don Sotero con ruborosa humildad—, que también yo, por mal de mis pecados, he sido joven? Pues digo que hallándote de ese modo en la verbena, das en cavilar que ninguna de las muchachas que ves á tu alrededor vale para descalzar el lindo pie de la que está á la sazón casi en tu misma alcoba...
—¡Dios, qué hombre! —exclamó aquí el muchachazo, dándose dos revolcones sobre la cama.
Observóle su tío con diestra y sagaz mirada, y continuó de esta suerte:
—Cavilando así, asáltante como tentaciones de volverte á casa, sabiendo, como sabes, que Celsa anda en la verbena solazándose un rato, por orden mía, y que tu pobre tío se halla en la iglesia pidiendo á Dios por los que le ofenden con sus liviandades y descomposturas. Pero es el caso que la joven Águeda te infunde mucho respeto, porque tú eres muy cobardón para esa clase de empresas; y entonces se te ocurre beber unos traguillos más de lo blanco. Ya te animaste, pero no lo suficiente; vuelves al baile, y brinco va, brinco viene, el vinillo fermenta, confórtate su calor amoroso... y te crees más valiente que Roldán. Emprendes la marcha resuelto á todo, y en el camino te asalta otra vez la cobardía. Como ésta no es tan fuerte como de ordinario, comienzas á considerar que si desaprovechas aquella ocasión, no volverás á verte en otra, porque don Plácido... ¿Te he dicho yo que don Plácido debe llegar mañana á Valdecines?
—Nada me ha dicho usté de eso, tío muy amado —respondió Bastián, no gozoso, sino fascinado ya con el relato de don Sotero.