—Pero ¿quién va, ni quién viene, ni quién anda en malos pasos? ¡Dios! —replicó Bastián, rascándose, por el recuerdo, las ronchas de sus costillas.

—Digo —continuó don Sotero, después de mirar á su sobrino con gesto feroz— que como Águeda tiene tantos atractivos, bien pudiera asaltarte á tí cualquier mal pensamiento...

—¡Dios!... ¡Pues es poco respetosa la dama, para que yo me atreviera!...

—Hombre, ¡qué demonio!... La juventud, en ocasiones, atropella por todo; y como esos arrechuchos vienen cuando menos se los espera, nadie puede decir «de este agua no beberé.»

—Verdá es eso.

—Y bien pudiera darse aquí ese caso...

—¡Después de tanto encargarme usté el respeto, y la!... ¡Dios!

—Efectivamente, parecería un poco extraño el atentado... Pero esto no quiere decir que yo desconozca el influjo de las circunstancias y de la flaca condición de la humana naturaleza, ni que deje de tomar ambas cosas en disculpa de ciertos actos que, á su primer aspecto, parecen indisculpables... ¿te enteras tú, Bastián?

—Sospecho que sí.

—¡Hay tanto de eso entre la corrupción del mundo!... ¡Ya se ve! el demonio no duerme; y como se complace en la perdición de las almas, ¡las asedia y las persigue, en ocasiones, de un modo!... ¡Sabe disponer las cosas con tal habilidad!...