—No entiendo, tío muy amado, qué quiere usted decirme con esas cortesías.

—Ni yo te las digo con la esperanza de que me entiendas. Dígolas por decir algo... ¡Pues no faltaba sino que fueras á tomarlas por donde las tomaría cualquier mozo de entendimiento!

—¡Otra te pego!... ¡Dios!... Pues si usted no habla conmigo ni para que yo le entienda, ¿qué hacemos aquí?

—Pasar el rato, Bastián: nada más que pasar el rato como dos parientes cercanos que se estiman mucho... Lo que quiero que entiendas es esto que voy á decirte ahora. Esa joven, tan hermosa y tan rica, que pudo haber sido tu mujer, y que aún pudiera serlo si las circunstancias nos ayudaran un poco, está depositada por mí en esta casa, para librarla de la seducción con que la persigue aquel pájaro de cuya conversión nos hablaba el ama del cura.

—¡Ah, vaáaamos!... Ya caigo... ¡Dios! —exclamó Bastián, en un estampido de su voz, revolcándose al mismo tiempo en la cama.

—¡Calla, bárbaro! —dijo su tío tapándole la boca—; ¿no reparas que pueden oirte?

—Verdá es —asintió Bastián, volviendo á su postura anterior.

—Pues como te decía —prosiguió don Sotero—, hallándose esa joven en mi casa, está como en lugar sagrado, por lo que hace á su limpio honor...

—Pues por donde yo la toque no ha de podrirse —dijo Bastián con gesto desdeñoso—. ¡Apuradamente no doy dos anfileres por esas pinturucas de sobre-cama!

—¡Como que no sé yo hacia qué verde se te van los ojazos ahora!— replicó don Sotero con tremebundo retintín—. ¡Será bestia el hombre á quien se le pone mirra del Oriente en raso de la India junto á la nariz, y pide bodrio trasnochado en trapo de fregar? ¡Guárdate, Bastián, de volver, ni con la memoria, á ese mal paso! ¡Mira que puede haber más palos todavía!