Bastián continuaba relamiéndose con las ponderaciones de su tío, que á la vez le llenaba de asombro con tan desacostumbrada afabilidad.
—Pues has de saber —añadió don Sotero inclinándose mucho hacia Bastián— que esa mina de oro y esa gloria de hermosura, las tenía yo destinadas... para tí.
—¡Dios!... ¡Para mí? —exclamó Bastián, sacudiendo la modorra que le arrullaba los sentidos.
—¡Para tí, Bastián, para tí!
—¿Y qué había de hacer yo con esa jalea tan tiernezuca? ¡Si con echarla la zarpa se me quedaba entre los dedos! ¡Dios!
—¿Qué habías de hacer?... Ser la primera persona de estos contornos, y no tener quien te tosiera en toda la provincia. Con ese caudal y ese entronque, y un consejero como el que tú tendrías... ¡ni el rey que se te pusiera delante!
—Y ¿por qué no son ya mías tantas gangas, señor tío muy amado?
—Porque Dios no quiso concederte ni siquiera una cualidad de las que son necesarias para merecerlas. No tienes corte de persona decente, ni pizca de entendimiento, ni con la educación he logrado darte la menor apariencia de lo uno ni de lo otro.
—¿Y ahora que cae usted en la cuenta de que no tengo dientes, es cuando se acuerda de ponerme el pienso delante del hocico?
—Calla, tonto, que nunca es tarde para mejorar la hacienda. Mientras la fruta está en el árbol, no hay que perder la esperanza de alcanzarla... Por de pronto, evitar que otro se la coma. Después, se aguza el ingenio; y, por último... hasta se salta la pared.