XXI

UN CASO DE MORAL

En la alcoba en que vimos encerrarse á Bastián cuando su tío le despidió de la suya de muy mala manera, conversaban los mismos dos personajes, cosa de una hora después de lo referido en el capítulo anterior. Y digo que conversaban, porque don Sotero, contra su costumbre, no maltrataba á Bastián con apóstrofes y dicterios; antes le agasajaba con tal cual sonrisilla placentera, y le buscaba con mimo los pocos registros sonoros que cabían en aquella inteligencia rudimentaria y agreste. Conversaban, repito, muy por lo bajo, con la puerta cerrada, sentado el tío en la única silla que había en el cuarto, y el sobrino al borde de la fementida cama que le llenaba casi todo.

—No me negarás —decía don Sotero— que Águeda es una perla de hermosura. ¡Qué cuerpo! Oro entre algodones... ¡Qué ojos! Estrellas de enero... ¡Qué talle!... ¿Tú has visto bien aquel talle, Bastián?...

Bastián oía, se rascaba la cabeza y enseñaba los dientes.

—Nada digamos —prosiguió don Sotero— del timbre de su voz... ¡Aquello es un salterio de perlas y corales; que no otra cosa parece su boca chiquirritina! ¡Qué decirte de su clarísimo entendimiento; de su mucho saber; de aquel fuego con que se purifica en su corazón y se engrandece toda pasión que en él arraiga!... ¡Qué modo de sentir! ¡Qué modo de querer!... Pues ¿y su caudal? ¡Válgame Dios! ¡qué limpio y qué saneado! Se da el golpe, y brotan las onzas acuñadas, y los vestidos hechos, y la mesa puesta y cubierta de manjares.