—No puede tardar ya... Tal vez volvamos hoy mismo á casa.

—¿Y si no volvemos?...

—Si no volvemos, hija mía, Dios, que conoce el fondo de los corazones y ve tu obediencia, cuidará de nosotras y nos pondrá en lugar seguro, aunque se conjuren en daño nuestro todas las iras de Satanás.

Lloraba Pilar; y como á Águeda le faltaba muy poco para hacer lo mismo,

—Ea —dijo á la niña animándola y besándola otra vez—, vamos á prepararnos y á dar las órdenes necesarias hasta que volvamos.

Y la llevó consigo, quedando solo en escena don Sotero, que no había desplegado los labios, ni movido un músculo de su cuerpo durante el diálogo de las dos hermanas.

Cuando el piadoso varón se halló sin testigos, levantó poco á poco la cabeza; guiñó los ojuelos de tigre; se resobó las manos haciendo chasquear los dedos, y hasta sospecho que anduvo en conatos de pirueta.

Poco tiempo después aparecieron las dos huérfanas, cubiertas de pies á cabeza con negros crespones. La palidez marmórea de Águeda entre las ondas relucientes de sus rubios cabellos, se transparentaba en los profusos pliegues de su manto, y la luz de sus ojos incomparables brillaba allí como el fulgor purísimo de las constelaciones en el negro fondo de los abismos siderales. La niña apenas ocultaba una parte de sus madejas de rizos bajo las mallas tenues de una toca graciosamente recogida sobre los hombros. Daba la mano á su hermana, y ambas manos parecían un solo pedazo de nieve.

—Estamos prontas —dijo Águeda á don Sotero con voz firme y clara; pero acercándose más á él, añadió, de modo que no lo entendiera su hermana—: En manos de Dios, que conoce y juzga las intenciones, pongo la causa de esta inocente, y también la mía. ¡Á ese Juez habrá de dar cuenta esa conciencia, que tan á menudo usted invoca, de este inicuo atropello de nuestro desamparo!

Hizo don Sotero una profundísima reverencia; y, sin responder una sola palabra, se puso en seguimiento de las huérfanas.